Vistas de página en total

miércoles, 13 de noviembre de 2013

La Derrota es la gran Maestra de la Vida

EL VALOR DE LA DERROTA.

noviembre 12, 2013 en ART. FÚTBOLART. FÚTBOL BASESin categoría
EL VALOR DE LA DERROTA
“Primero hay que perder para aprender a ganar”
Neymar, delantero del Barcelona
El deporte crea ídolos que convertimos en el espejo donde todos los niños quieren mirarse, sobre todo cuando se gana No idolatramos a los perdedores sino a los ganadores. En el fútbol, los entrenadores empiezan el camino por la victoria, como único objetivo, casi siempre a edades muy tempranas, sometiendo a sus jugadores a competir a cualquier precio. Los padres colaboran en esta dirección. “Te pago por los goles que consigas”, “si no ganas no vales”, “somos campeones o nada”, es la filosofía deportiva en algunas familias y clubes de fútbol base.
Cuando los resultados no acompañan y los partidos de liga se convierten en derrotas por goleada, comienzan las críticas paternales. “La misma historia de siempre”, “otra derrota”, “jugamos bien pero siempre perdemos”. Los padres se desilusionan y transmiten esa desilusión a sus hijos, aunque entrenan bien, se divierten en las sesiones y están predispuestos a aprender. El entrenador empieza a poner en duda la organización de este tipo de competición, ante la desigualdad de nivel futbolístico.
Cada jornada de liga los niños salen con la cabeza bien alta del terreno de juego. Esas goleadas de inicio de liga se reducen en los partidos de la segunda vuelta, contra los mismos rivales, aunque siguen sin ganar. Así llegan hasta la última fase de liga donde empatan algún partido. Acaban la temporada últimos con pocos puntos, que sin embargo, saben a victoria. Esos puntos son la recompensa al esfuerzo, la perseverancia y la ilusión por entrenar y mejorar.
Evidentemente no es agradable perder un partido por goleada, pocas conclusiones positivas se pueden extraer de estos partidos, pero la temporada, la progresión del grupo y la confianza del trabajo realizado contribuirán a moldear la formación del niño y del equipo.
Perder es parte del juego
Perder o ganar es una cuestión delicada en categorías inferiores. Una cosa está muy por encima de la victoria o la derrota, la formación. El entrenador es el encargado de ella, el espejo dónde se mira el joven jugador, y tanto compitiendo como entrenando debemos ser un ejemplo. En la competición valorando a todos los jugadores por igual, todos deben jugar lo mismo, el ganar muchos partidos no implica que todos los jugadores son buenos, ni el perder mucho que todos los jugadores son malos. En el entrenamiento nos interesaremos por la progresión y los valores que como educador podamos inculcar al niño.
Cuando un niño llega enfadado a casa después de perder un partido sus padres también juegan un importante papel. Deben tranquilizarle diciéndole que lo importante es jugar y disfrutar, recordándole cualquier aspecto positivo de la competición, aunque a veces sea complicado llevarlo a la práctica. Debemos intentar quitarle relevancia a un resultado, a un partido y a la clasificación. El hecho de que el niño se enfade cuando pierde es una reacción normal. A nadie le gusta perder, y menos a un niño, ellos lo
viven como un fracaso. El discurso familiar de que no pasa nada por perder, que lo importante es participar, no tiene sentido si, cuando estamos viendo a nuestro equipo y va perdiendo, comenzamos a insultar al equipo contrario o al árbitro. El niño se sentirá confundido. Los padres debemos ser consecuentes entre lo que decimos y hacemos.
Nosotros también tenemos que asumir la derrota y medir nuestros impulsos.
Al terminar cada partido o entrenamiento tenemos que enseñar a nuestros hijos a reconocer el mérito del que se esfuerza y mejora día a día, no solo del que gana. Se gane o se pierda hay que felicitar al adversario. Tienen que aprender que la derrota es síntoma de tristeza y decepción, pero no se debemos permitir actitudes “fuera de lugar”, llámese insultos o maltrato de material.
Es preferible, después de una derrota, esperar a que el niño se calme un poco para hablar del partido. Tras la desilusión es más difícil conversar, lo haremos más adelante, ayudándole a analizar el juego, haciéndole ver las acciones negativas, para mejorarlas, y las positivas para reforzarlas. No hay que olvidar que aunque el colegio ayude, y el entrenador aporte, es en el entorno familiar donde el joven jugador va a recibir su base educativa.
Aprender a perder
No se nos debe olvidar que, en ocasiones, no siempre todo saldrá bien. Tenemos que enseñar a los niños que lo importante es participar, prepararse y esforzarse en dar lo mejor de sí mismo. Los errores son mucho más visibles en el fracaso que en la victoria, muchas veces el éxito nos ciega y no nos permite realizar un análisis claro y objetivo.
Existen entrenadores que creen que porque han ganado han hecho las cosas bien.
Seguramente que si uno juega bien tiene más opciones de ganar, pero aún ganando siempre hay cosas que corregir. Si el niño aprende a perder, su autoestima se refuerza. El que sabe perder no ve la derrota como una falta de talento o de valía personal, lo ve como algo normal que ocurre en ocasiones. Saber perder es comprender la competición, jugar con deportividad, sin miedo, es interpretar el valor de superación y de esfuerzo, que depende de uno mismo.
Juego a ganar, pero acepto la derrota
Cualquier partido de fútbol tiene como objetivo final la victoria. No podemos empezar nunca a jugar pensando que vamos a perder. Quien no juega a ganar engaña a su equipo, al contrario y a sí mismo. No te rindas ante adversarios más fuertes, ni tampoco cedas ante los débiles. No seríamos justos con el rival sino ponemos todo de nuestra parte para intentar ganar el partido. A veces ganamos y otras veces perdemos, pero si perdemos debemos aprender a hacerlo sin excusas, sin culpar a nadie de nuestra derrota, felicitando a los ganadores. Intentaremos hacerlo mejor la próxima vez.
Aunque aprendamos a que el resultado nos sea indiferente no nos hará ganadores, pero si nos librará un poco de la desilusión de la derrota. Lloramos cuando perdemos, cuando pensamos que no hemos conseguido lo que se esperaba de nosotros, pero piensa que siempre habremos hecho algo bien y que siempre habrá algo por lo que alegrarse.
Saber ganar, saber perder
La derrota nos puede ayudar a valorar el fútbol de manera diferente a la que solemos hacer cuando salimos del terreno de juego después de perder. La derrota ayuda a respetar a los rivales y a seguir trabajando con humildad. Siempre será más respetado el buen perdedor que el mal ganador. Entonces nos preguntamos ¿que es mejor, perder o ganar? Por supuesto que ganar, pero el niño puede ganar y no asimilarlo, puede perder, y no querer jugar más, estar enfadado y desilusionado. Nuestro principal objetivo en la educación de niños en escuelas o clubes de fútbol base es que sean felices, se diviertan y disfruten de la competición. Sabemos que la motivación de todos es vencer, pero la motivación no es el único objetivo, existen otras cosas más importantes que aprender para lograr la victoria.
La gran figura del Barcelona, entonces en el Santos, Neymar, nada pudo hacer ante la superioridad del Barcelona que goleó por 4-0 al cuadro brasileño en la final del Mundial de Clubes 2011 de Japón. Al finalizar el encuentro, el delantero reconoció que “no sé si serán invencibles, pero hoy es el mejor equipo del mundo, el Barcelona nos enseñó a jugar fútbol”. A pesar de la derrota, Neymar expresó que “llegamos aquí después de ganar muchas batallas. Somos el segundo mejor equipo del mundo. Incluso comentó que “el otro día vi una entrevista con Guardiola, quien dijo que primero hay que perder para aprender a ganar. Tal vez le puede pasar lo mismo al Santos el próximo año”.
Saber ganar, saber perder, la victoria y la derrota, todo condicionado por múltiples factores difíciles de controlar. Disfruta de los triunfos y de los fracasos, mira el lado positivo de ambos, comprende que de ellos podemos extraer experiencias para formar y progresar en el juego. Los ganadores ganan porque saben qué hacer cuando pierden.
Empezaremos a ganar si entendemos el valor de la derrota.

Los Conflictos llegan Siempre en la Adolescencia

  • Al 75% de los adolescentes encuestados les gusta estar con sus padres
  • La vida 'cotidiana' no se 'caracteriza por el maltrato a hijos o a progenitores
  • Se percibe cierto 'clima de violencia', sobre todo por discusiones entre padres
  • Tipos de conflictos familiares: generacionales; de autoridad y sobreprotección
  • Los chavales consideran una 'afrenta intolerable' que se les trate como niños
  • Discusiones frecuentes por el tiempo frente al ordenador o la hora de llegada
  • Se percibe en los menores demandas de 'afecto, de cuidado y de límites'
  • Hijos que maltratan | 'El trabajo es conjunto' | Aprender a convivir | Cómo se produce | 'La mayoría no sufre trastorno mental' | Dónde pedir ayuda
La adolescencia, una época en la que el niño sufre cambios bruscos tanto a nivel físico como psicológico, viene acompañada normalmente de fricciones en la relación entre padres e hijos. Y estos conflictos surgen de la necesidad de éstos de tomar distancia de sus progenitores para reafirmar su personalidad.
La Liga Española de la Educación ha querido conocer la parte de la realidad más problemática durante esos años, qué es lo que supone un problema para los adolescentes, cómo lo viven y cómo tratan de resolverlo. Y ha querido que sean ellos directamente quienes lo cuenten. Así lo hicieron 3.293 estudiantes de entre 15 y 18 años durante 2009 y las conclusiones fueron recogidas en el estudio 'Conflictos en la adolescencia. Los protagonistas toman la palabra, dirigido por Antonieta Delpino Goicochea.
Una de las principales es la "satisfacción" que sienten los adolescentes de disfrutar de una vida familiar: al 75% de los adolescentes les gustaba estar con sus padres. Para la mayoría —de cada cinco entrevistados, tres entre las chicas y dos entre los chicos— valoraron como lo más importante en sus vidas, junto a "tener muchas amistades", contar con buenas relaciones familiares".
Los autores del estudio subrayan una "paradoja": "El adolescente se halla ante el desafío de construir su autonomía alejándose del hogar familiar" pero al mismo tiempo éste es "es el espacio en el que espera tener las bases para alcanzar la seguridad requerida a fin de hacer frente a ese desafío". Para satisfacer sus intereses, gustos y motivaciones a nivel social, los adolescentes recurren a sus relaciones de amistad.
Aunque alguno de los jóvenes sí señalan "como problema en los hogares un ambiente de tensiones y, en ocasiones, de violencia familiar", el estudio muestra que, en general, "la vida cotidiana" no está "caracterizada por el maltrato a los hijos o a los progenitores".

Una 'rebeldía' necesaria

Al asomarse este estudio al ámbito de los conflictos en las familias, destaca la importancia que tiene para el adolescente en "la construcción de su identidad" ese "punto de rebeldía y conflictividad" que muestra al cuestionar la autoridad de sus padres: "Ya no es el niño dependiente de los padres a quienes debía ciega obediencia". De esa manera, al negarse a seguir las normas de sus padres, se siente con "más poder" porque puede mostrar "seguridad para enfrentarse al mundo adulto y desenvolverse allí con plenitud".
Y tan importante como ese cierto distanciamiento de la 'vieja generación' es que los adolescentes adquieran las "competencias emocionales y cognitivas" para resolver esos conflictos. ¿Y cuáles son los más frecuentes en las relaciones familiares?
Entre los resultados se subraya un aspecto, "particularmente preocupante en las percepciones de los menores", que más de una cuarta parte de los entrevistados "perciban un clima de violencia en las relaciones familiares".
Para estos chavales —34,6% de los chicos y 28,9% de las chicas—, el problema más importante que tenían en casa era el "conflicto entre los padres" (peleas, discusiones, enfrentamientos) y como segundo problema, 28,6% de las chicas y 27,4% de los chicos, la "violencia en el hogar". Y en cuantas más tensiones hay entre los progenitores, más problemas pueden presentarse en las relaciones entre éstos y sus hijos porque éstos pueden llegar a sentir que esta relación conflictiva es un hecho "normal y esperable" en esta etapa de sus vidas.
"Discuten porque a lo mejor el padre le echa la culpa a la madre de que los hijos sean tan rebeldes. El caso que yo conozco es más o menos así".
Sobre esta información proporcionada estos chicos y chicas, la Liga de la Educación identifica tres tipos de conflictos en las relaciones entre adolescentes y sus padres: generacionales, de autoridad y de sobreprotección.
Los generacionales se refieren a las tensiones que surgen debido a los "esfuerzos del adolescente por romper definitivamente con aquellos estilos de relación asociados a la etapa infantil. El adolescente se distancia de sus padres, sintiéndolos ajenos y lejanos". Este proceso de distanciamiento constituye, señala el estudio, "un aspecto fundamental para el desarrollo psicológico y social": necesita sentirse distinto de la generación de sus padres —a la vez que se identifica con su grupo de amigos—, para no verse condenado a permanecer en una posición infantil que obstaculizaría su incorporación a la sociedad de los adultos.
"Hay padres que no comprenden a sus hijos. Los padres no pueden entender todo lo que les ocurre a sus hijos. Los padres dicen que tienen más experiencia en la vida, pero eso no significa que ellos puedan entender todo lo que les pasa a sus hijos... hay cosas que nunca podrán entender".
Los conflictos de autoridad se refieren a los problemas que aparecen en las familias por la resistencia de los menores a acatar normas y límites. Un 17,1% de los chavales consideran "un problema" que los padres "les manden todo el tiempo". Durante la infancia, explica la Liga de la Educación, la autoridad de los padres "resulta incuestionable porque son percibidos como individuos perfectos y todopoderosos", pero en la adolescencia "se pone en tela de juicio las verdades que eran aceptadas" y esto tiende a generar comportamientos que desembocan en "fricciones y enfrentamientos".
Las discusiones se dan, principalmente, por el tiempo que pasan los adolescentes frente al ordenador o la hora de llegada. Y en relación con esto último se genera mayor conflicto cuando los padres establecen criterios diferentes en función del género de los hijos.
Los conflictos de sobreprotección aparecen cuando los padres no aceptan que su hijo ha iniciado el camino hacia la vida adulta y les siguen tratando en ocasiones como niños. Los chavales consideran esto una "afrenta intolerable" y piden un trato más acorde con la edad.
"Te ven conforme les convenga: a veces como niños, a veces como adultos. Para las responsabilidades, como adultos y para la libertad de salir por ahí, como niños".
Los principales problemas en las familias surgen por la negativa del adolescente de acatar las normas pero también se complican por "la falta de coherencia de los padres a la hora de aplicarlas, las contradicciones entre discursos y prácticas y la sobreprotección paterna", subraya la Liga de la Educación.

Afrontar los problemas

¿Cómo tratan de resolver los adolescentes estos conflictos? Según este estudio, hay adolescentes que optan por el "inmovilismo", otros por el "diálogo", "la búsqueda conjunta de soluciones" y, "en un sector reducido, la violencia". En estas situaciones problemáticas, en los que aparecen sentimientos de enfado, tristeza, indiferencia, nerviosismo, culpabilidad y soledad, son en las que los adolescentes muestran las "competencias emocionales y cognitivas" aprendidas en la familia y la escuela para resolverlas. la capacidad o no para hacerlo marcan profundamente el desarrollo psicológico del menor.
Cuando los adolescentes no pueden resolver un problema por sí mismos, la mayoría pide ayuda a personas que consideran "referentes", que les da confianza, que les conocen y les brindarán buenos consejos y lo hacen en este orden: amigos, pareja y padres, habitualmente, la madre. También hay jóvenes que deciden tratar de superar el conflicto solos, sin consultar a nadie.
Los adolescentes consultados coinciden en que la educación recibida en la familia influye en sus comportamientos y en las formas de resolver un problema:
"Lo ves y tú dices que este es buen chaval y sabes que tiene reglas y que no se le va a ir la cabeza y no va a hacer tonterías. Y ya sabes como son sus padres; sabes que le ponen reglas".
¿Y cómo ven a sus padres? Una tercera parte de los adolescentes consultados consideraba a sus padres "dialogantes" y otro grupo similar los veía como "sopreprotectores", uno de cada diez del total los consideraban "autoritarios (mandones)" y otro 10% que eran "pesados". Una pequeña parte, creía que sus padres no tienen autoridad (6%) o que son "pasotas", que no les prestan atención (un 3%).
Y entre estos últimos, por razones obvias, como en el resto, los autores de la investigación perciben demandas de "afecto, de cuidado y de límites", que "contradicen aquella visión estereotipada que supone que el adolescente quiere vivir sin restricciones ni control parental". También subrayan que una parte de los estudiantes consultados "viven mal" porque sufren conflictos en el ámbito familiar y que no encuentran "cauces adecuados" ni cuentan "con competencias emocionales y cognitivas" para resolverlos.
Para reforzar las 'herramientas' de los menores para afrontar los conflictos y mejorar la convivencia, La Liga de la Educación recomienda a los adultos, entre otras pautas, construir "marcos normativos coherentes y estables", explicar las normas y "las consecuencias que acarrea su incumplimiento para evitar el desconcierto moral" o "practicar la democracia y tolerancia".

Adolescencia Siempre Llegan los RETOS y Las Dificultades con la Adolescencia

-Mas aprendizaje
-Más profesores
-Sube la exigencia
-Más Responsabilidad
-Relaciones más complicadas
-Todos exigen más
-Retos más importantes
-Droga
-Alcohol
-Disputas
-Acoso
-Matonismo
-Sexo

La ADOLESCENCIA UNA ETAPA COMPLEJA y COMPLICADA

Los conflictos con los hijos adolescentes y cómo solucionarlos

Esther Gómez13/12/2012  (06:00)
1
Enviar
38
32
 
Menéame
Imprimir
A menudo, el entendimiento entre padres e hijos no suele ser fácil, y mucho menos en la adolescencia. Para los hijos es un momento vital en el que deben tramitar muchos cambios. Se desarrolla su cuerpo, las emociones son más intensas y cada vez van adquiriendo más responsabilidadesPara los padres también es difícil. Su papel es ir acompañando a los hijos en estos cambios, y a menudo, lo que en etapas anteriores funcionaba, ya no vale.
En la adolescencia los hijos demandan más autonomía, y para los padres es lógico que en ocasiones sea difícil dársela. Es momento para empezar a dejarles tomar sus propias decisiones y dejarles espacio para que triunfen o aprendan de sus propios errores. Los chavales van dejando poco a poco de querer hacer planes con los padres, pasando éstos a un segundo plano. Para los adolescentes, lo más importante son los amigos (la pertenencia al grupo de iguales), sentirse aceptados e integrados en su grupo.Los padres sienten que sus hijos ya no les demandan tanto como antes, y que prefieren quedar y hacer planes con amigos antes que con ellos
Los padres sienten que sus hijos ya no les demandan tanto como antes, y que prefieren quedar y hacer planes con amigos antes que con ellos. Esto es duro de vivir. El hijo pequeño se fue y la etapa anterior ya no volverá. Todo esto, en medio de conflictos habituales por la negociación con la hora de llegar a casa, la ropa que se ponen o los agujeros que quieren hacerse para ponerse pendientes.
Un pulso continuo entre padres e hijos
La etapa en sí misma es conflictiva, cada una de las partes implicadas tiene necesidades diferentes y es difícil entenderse entre sí. Por eso, en la medida de lo posible, es importante reducir la tensión en la relación. A menudo, los padres sienten la relación con sus hijos en esta etapa como un constante pulso. El adolescente se siente incomprendido y transmite emociones negativas hacia los padres. Es difícil aguantar este pulso, pero es importante que los padres no olviden que esto cumple una función. En este momento de la vida, los hijos tienen que dejar de ver a los padres con la idealización con la que lo hacían en la infancia. Si los hijos siguieran adorando y venerando a sus padres como cuando eran pequeños, no querrían irse nunca de casa. Tienen que empezar a ver a los padres con sus virtudes y defectos, para que empiecen a sentir que pueden estar sin ellos. Esta es la antesala a hacerse mayor.Los adolescentes tienen conductas de autoafirmación con su cuerpo, su espacio y su tiempo
Cuántas más tensiones se puedan evitar, mejor, sin olvidar nunca que, aunque ellos se vean y empiecen a ser mayores, la relación entre padres e hijo aún sigue siendo asimétrica. Es decir, parten de posiciones diferentes y tienen recursos diferentes para abordar las dificultades. Esto es, son los adultos los responsables de solucionar y equilibrar el conflicto. Algunas pautas que pueden ayudar a este entendimiento y mejorar la comunicación son:
  • Padre y madre pueden intentar acordarse de cómo pensaban y sentían cuando ellos eran adolescentes. Hace tiempo, y la adolescencia de generaciones anteriores fue diferente a la de los nuevos adolescentes, pero hay cosas comunes y compartidas. Algo habría de conflicto, sensación de incomprensión e intensidad emocional.
  • Respetar los límites que el adolescente necesite poner. Los chavales necesitan empezar a hacer las cosas a su manera: llevar la ropa que quieran, ponerse los pendientes que les gustan y tener su habitación como quieran. Son conductas de autoafirmación con su cuerpo, su espacio, su tiempo y su dinero. Y si lo que quieren hacer no pone en peligro su salud física o emocional, este puede ser un terreno muy fértil para dejarles decidir, porque son sus cosas y les hará sentirse seguros.
  • Dar validez e importancia a las emociones o necesidades de los chavales. Habrá necesidades que a ojos de un adulto puedan parecer banales, pero para ellos no lo son, todo lo contrario, son muy importantes. Por ejemplo, estar en contacto con los amigos, tener tuenti, tener un teléfono con el que poder tener esta conexión de forma rápida y fluida, llevar la última moda en ropa o calzado, etc. Si los padres etiquetan de “tonterías” estas necesidades, ocurrirá que, aparte de generar conflicto, provoquen una autoimagen negativa del adolescente sobre sí mismo. Esto es, “mi necesidad es tonta y estúpida”. Si esta interacción ocurre con frecuencia, el chaval crece con esta imagen sobre sí mismo y es muy probable que la interiorice.
Para estas ocasiones, si los padres tienen que decir “no” a algo que pide el hijo, es importante que lo hagan con tacto, planteándole que entienden que lo que pide es importante para él, pero en este momento no pueden dárselo. Y es conveniente explicarles el motivo por el que no pueden conceder una petición. Que los padres estén abiertos a negociar las peticiones del hijo y expliquen los motivos por los cuales no conceden alguna, puede reducir la sensación de tensión y contribuir a tener una relación más fluida. 

martes, 12 de noviembre de 2013

Expertos Piden Ley para tratar de manera adecuada TDAH

Los más de 200 expertos que han elaborado un informe sobre la situación del Transtorno por Déficit de Atención e Hiperactividad (TDAH) en España han pedido una ley estatal para que existan protocolos específicos a nivel educativo y sanitario para la atención de los niños afectados por esta enfermedad.
Se trata de un informe incluido en el proyecto PANDAH-Plan de Acción en TDAH, que han presentado esta mañana el profesor de Psiquiatría de la Universidad de Nueva York Luis Rojas Marcos; el jefe de psiquiatría Infantil de la Clínica Universidad de Navarra, Cesar Soutullo, y el presidente de la Federación Española de Asociaciones de Ayuda a TDAH, Fulgencio Madrid, entre otros.
Es un documento que recoge el trabajo llevado a cabo en los últimos tres años por este grupo de expertos, que coinciden en que hace falta una ley para que en toda España se desarrollen programas que incluyan "adaptaciones escolares específicas" para estos niños y protocolos de actuación que definan la ruta que deben seguir padres y profesionales sanitarios para identificar el trastorno.
Desde que los niños presentan síntomas hasta el diagnóstico pueden pasar entre dos y seis años y ésta es la principal dificultad que acusan todos los profesionales, la detección tardía o en el peor de los casos la no detección.
Es uno de los motivos de que el porcentaje de niños y adolescentes tratados en España no alcance ni el 1 %, cuando se estima que la padecen un 6,8 % y sólo el 3 % están diagnosticados.
El porcentaje de niños y adolescentes tratados en España no alcance ni el 1 %, cuando se estima que la padecen un 6,8 %
Los especialistas han constatado en sus trabajos que existe un retraso en el diagnóstico de la enfermedad debido en buena medida a que aún existe, según Soutullo, un "gran desconocimiento" del trastorno y que a veces los síntomas del niño se atribuyen a problemas propios y no a uno médico.
Pero además han comprobado que las familias se encuentran con "bastantes dificultades" en el circuito asistencial que siguen tras la detección y que muchos de los pequeños no continúan el tratamiento en la adolescencia, cuando la mitad de los niños van a seguir teniendo el trastorno de adultos.
Los especialistas piden una legislación estatal porque sólo seis comunidades autónomas cuentan con un protocolo general de coordinación entre Sanidad y Educación para tratar a estos niños, con lo que se produce "una discriminación territorial", en opinión de Madrid, en la ayuda que reciben los afectados según dónde vivan.
"Una legislación clara y concisa", reclama Rojas Marcos, como la que existe en los Estados Unidos, con "acomodaciones para que estos niños tengan derecho a tener unos ajustes".
Entre ellos estarían darles el tiempo necesario para terminar y responder a los exámenes con las mismas preguntas que sus otros compañeros, darles espacios para ello con los menores estímulos posibles y también proporcionarles otros donde puedan "desfogarse dentro de un control".
El no prestar esta atención específica tiene "un precio" para la sociedad, según Rojas Marcos, y es el de poner en riesgo la autoestima de estos niños y que se sientan culpables de lo que les pasa, lo que les puede abocar a la depresión crónica y en otros casos a caer en el consumo de drogas.
En adultos "la impulsividad llevada sin control les ha hecho irse al camino de la delincuencia"
Rojas Marcos ha citado un informe elaborado en Nueva York en el que se demuestra, ha dicho, que ese "peso" se palpa en las cárceles, donde hay un número muy alto de presos que padecen esta enfermedad porque "la impulsividad llevada sin control les ha hecho irse al camino de la delincuencia".
El TDAH es un trastorno médico, según Soutullo, ya que quienes lo sufren presentan alteraciones en el volumen del cerebro y en la comunicación de zonas de su corteza que con el tratamiento mejora.
Es uno de los transtornos del neurodesarrollo más frecuentes en la infancia y la adolescencia y una de las principales causas de fracaso escolar y de incapacidad para mantener y desarrollar relaciones sociales.
No obstante, no todo niño que tiene fracaso escolar o hiperactividad tiene TDAH. Hay que barajar otros diagnósticos antes de llegar al definitivo, como la dificultad de aprendizaje, dislexia, una hiperactividad normal para la edad, o ya en la adolescencia el hecho de que se esté consumiendo algún tipo de droga

Educar es MOTIVAR es FIJAR METAS es AVANZAR

Pero también comparto una serie de herramientas para que estos profesionales puedan ampliar sus puntos de vista y ver una clara mejoría en su desempeño, en su satisfacción y en la resolución de conflictos cotidianos que se dan en cualquier centro académico.
Se explican paso a paso todas las estrategias necesarias para que las relaciones entre profesores, alumnos, directivos y familias alcancen los niveles idóneos de funcionamiento.
Mi mayor deseo con este libro sería aportar mi pequeño grano de arena al mundo de la enseñanza, un sector clave para el desarrollo de la sociedad y para la formación en valores de las personas, valores de respeto a sí mismos y a los demás, de dignidad, de tolerancia,… y de todos aquellos que nos ayuden a convivir pacíficamente.

Coaching Educativo

En mi último libro “Coaching Educativo” expongo que el sistema educativo es sin duda uno de los pilares básicos de cualquier sociedad, pero también uno de los grandes olvidados y necesitados de un cambio radical que permita a los estudiantes aprender competencias personales, emocionales y sociales, más allá de la memorización de conocimientos.
En este libro muestro las claves para transformar el sistema educativo en un espacio en el que cualquier profesional de la docencia, universitario y no universitario (profesores, alumnos, orientadores, tutores, jefes de estudio, jefes de departamento, directivos, padres,..) pueda desarrollar todo su potencial y mejorar su capacidad de liderazgo.